
Por: Pastor Romeo Taracena
En el año 586 antes de que nuestro Señor Jesucristo viniese a la tierra, fue destruido el Templo de Jerusalén; y el pueblo de Israel se quedó sin un lugar físico a dónde ir y adorar a Dios. Ellos tenían una necesidad grande por encontrar un lugar donde reunirse. Hoy en día, usted y yo podemos entender perfectamente lo que el pueblo sufrió, pues ahora mismo yo estoy predicándole a través de un dispositivo y físicamente estoy en un templo con sillas totalmente vacías.
Esa necesidad tan intrínseca, fuerte y visceral en el pueblo de Israel, trajo como consecuencia la creación de las tan conocidas Sinagogas; que nacieron durante el período Intertestamentario, es decir durante los 400 años de silencio que existieron entre el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento. Estas Sinagogas se constituyeron en grupos pequeños, que básicamente se reunían para estudiar la Palabra del Señor, para adorarle y para congregarse.
Luego de ello, cuando nuestro Señor Jesucristo vino a la tierra, instituyó la iglesia; y sus palabras fueron queni siquiera el infierno, ni el diablo mismo prevalecería contra la ella.¡Y así ha sido! Sin embargo, la iglesia ha pasado por épocas complicadas. La historia muestra que la iglesia ha sido perseguida y privada de reunirse físicamente en múltiples ocasiones. Un ejemplo de ello es cuando en el siglo III (para ser específico en el año 257 al 260 después del Cristo), cuando el emperador romano Valeriano prohibió que la iglesia se reuniera.
¿Qué le parece a usted? El emperador arrestó a muchos líderes y los templos se cerraron por tres años. Durante ese tiempo, los cristianos no se pudieron reunir pues al hacerlo, corrían peligro de muerte. Al igual que esa época, ahora mismo estamos con los templos cerrados; aunque esta vez no es por persecución sino por asuntos de salud y por protección de la vida, todavía no nos podemos reunir.
Por otro lado, las estadísticas actuales nos muestras existen lugares donde ser cristiano es sinónimo de ser perseguido, arrestado e incluso es sinónimo de muerte. Investigando un poco descubrí que, según la agencia de noticias EFE, 260 millones de cristianos alrededor del mundo son víctimas de persecución hoy en día; son privados de reunirse, sus templos destruidos y las Biblias quemadas.
Es el siglo XXI pero aún hoy uno de cada ocho cristianos en el mundo sufren persecución. Muchos de ellos son asesinados, apresados, discriminados y expulsados de sus tierras. Esto en más de 50 países alrededor del mundo, principalmente en Medio Oriente, en China y en Corea del Norte, pero también en México. Todos estos cristianos que viven en lugares de persecución donde no hay libertad de culto, añoran y desean ardientemente poder reunirse en el templo para adorar a Dios; anhelan congregarse y habitar juntos en armonía con sus hermanos.
En tiempos del Antiguo Testamento, los hijos de Coré fueron porteros del templo en Israel; ellos fueron cantantes y músicos que vivían en el templo. Los hijos de Coré fueron llevados al exilio junto con otros israelitas y fueron despojados de su servicio a Dios en el templo. Estando lejos, itinerantes, peregrinos, extranjeros, fuera de su nación, anhelaban con todas sus fuerzas estar físicamente en el templo.
Para usted y para mí es a veces un poquito complicado comprender el pensamiento israelita; porque el pensamiento del israelita era un concepto pleno y holístico. Es decir, había coherencia entre lo que ellos creían, entre su culto y entre su conducta de vida. Todo eso no estaba separado, sino que era un solo concepto. Así como se comportaban en el templo, así se comportaban en su casa y en la sociedad. Eso era lo que sucedía con los hijos de Coré. Siendo ellos judíos, no hacían separación entre lo que creían, entre su culto a Dios y entre su conducta de vida.
Por eso, los Hijos de Coré estando en el exilio, lejos de su nación, lejos del templo, lejos del oficio que desarrollaban; anhelaban estar en el lugar físico para adorar a su Dios. Para ellos no había separación entre el templo que significaba su culto, entre su credo y entre su conducta de vida. Entonces, en medio de la desolación, de la tristeza, de la lejanía y de la impotencia de no poder regresar a su nación, ellos levantan un cántico en alusión al templo. Ellos deseaban desesperadamente estar físicamente allí; anhelaban con todas sus fuerzas estar en el templo.
Los hijos de Coré, los judíos del período intertestamentario, los cristianos de la iglesia del tercer siglo, los cristianos que son perseguidos y nosotros mimos tenemos algo en común: anhelamos con todas nuestras fuerzas estar físicamente para adorar el templo. Añoramos volver al templo a rendirle culto a nuestro buen Dios. Deseamos juntarnos y tener comunión con los santos. Anhelamos buscar su presencia y congregarnos como un solo cuerpo.
Aunque usted y yo sabemos que nosotros somos la iglesia; y comprendemos que en cualquier situación, Dios está a nuestro lado; entendemos plenamente que no necesitamos ir a un edificio para que Dios nos visite; y sabemos que Dios está en todo lugar. Aunque no hemos perdido de vista que la iglesia no es un edificio y que la iglesia no es un lugar físico; que la iglesia somos los que creemos en Jesucristo alrededor del mundo; aunque no he perdido esa noción de la teología saludable, todavía tenemos un anhelo profundo por ir a un lugar a adorar con la congregación de los santos.
Hay algo poderoso cuando nos reunimos físicamente. Por eso, en esta serie de sermones sobre los Salmos de Esperanza, reflexiono sobre un canto que entonan los hijos de Coré, desgarrado desde su corazón, anhelando estar en el templo de Dios. Ellos lo dejan plasmado en el salmo 84. Porque en los tiempos del Antiguo Testamento el templo era el punto de convergencia del poder de Dios. Allí encontraban el consuelo de Dios, el amor de Dios, la paz de Dios. Para el pueblo, el templo significaba: “ir a reunirse con su Dios. Ir a presentarse ante su Dios; llevarle los sacrificios a su Dios. Ir a recibir de Él su amor y paz.”
Ir al templo era ir a cantarle a Dios y entrar en una atmósfera espiritual con la congregación; con sus vecinos, con su pueblo. Para los hijos de Coré y para el pueblo judío, el estar físicamente en el templo de Dios era un referente y un simbolismo. Para ellos, era como estar en la presencia misma de Dios; significaba, esa dulce presencia de Dios sin la cual es imposible seguir. Por eso anhelaban estar en la casa de Dios.
Personalmente, tengo mis tiempos con Dios en lugares específicos donde oro. Pero hay algo que Dios dejó, que se funde cuando nosotros estamos reunidos. Hay algo que los hijos de Coré anhelaban sedientos; no era el lugar físico sino lo que sucedía en ese lugar. Eso representaba para ellos el templo, por eso los hijos de Coré escriben casi muriendo de desesperación el salmo 84 que dice:
¡Cuán amables son tus moradas, oh Jehová de los ejércitos!
2 Anhela mi alma y aun ardientemente desea los atrios de Jehová;
Mi corazón y mi carne cantan al Dios vivo.
3 Aun el gorrión halla casa,
Y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos,
Cerca de tus altares, oh Jehová de los ejércitos,
Rey mío, y Dios mío.
4 Bienaventurados los que habitan en tu casa;
Perpetuamente te alabarán. Selah
5 Bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas,
En cuyo corazón están tus caminos.
6 Atravesando el valle de lágrimas lo cambian en fuente,
Cuando la lluvia llena los estanques.
7 Irán de poder en poder;
Verán a Dios en Sion.
8 Jehová Dios de los ejércitos, oye mi oración;
Escucha, oh Dios de Jacob. Selah
9 Mira, oh Dios, escudo nuestro,
Y pon los ojos en el rostro de tu ungido.Salmo 84
10 Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos.
Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios,
Que habitar en las moradas de maldad.
11 Porque sol y escudo es Jehová Dios;
Gracia y gloria dará Jehová.
No quitará el bien a los que andan en integridad.
12 Jehová de los ejércitos,
Dichoso el hombre que en ti confía.
¡Que salmo tan desgarrador! ¿Se imagina a los hijos de Coré con ese sentimiento? Imagínelos diciendo: “¡Si tan sólo estuviera en tu casa! ¡Qué maravilloso es estar en tu casa! Aún los pajarillos y polluelos pueden estar cerca de tu casa.” Charles Spurgeon, el príncipe los predicadores, llamó a este Salmo el más dulce de los salmos de paz.
Entender por la Palabra de Dios que nunca ha habido una sola casa para Él, es importante. Pero también entender que sí ha habido lugares donde físicamente la iglesia se ha reunido para celebrar al Señor, también es importante. A través de la Biblia, y a través de la historia, entendemos que Dios se ha relacionado con su pueblo de diversas maneras: con altares en el desierto y a la orilla de los ríos; con tabernáculos, tiendas de campaña y con palacios. Dios siempre ha tenido ese punto de vínculo, ese punto de encuentro con el ser humano.
En realidad, el lugar no es lo más importante, porque cuando Dios llega, Él pone su bendición y su gracia en ese lugar, sea como sea. Por eso hay lugares muy sencillos con techo de paja y paredes del material más sencillo; hasta templos muy lujosos y caros como la Catedral de Cristal en Los Ángeles California. Pero en realidad no importa la casa, importa lo que representa la casa. Cuando la Escritura dice que sus moradas son amables, es porque Dios hace esa morada amable. Por eso este salmo nos da esperanza, porque los autores anhelan no tanto la casa física, pero anhela la presencia de Dios.
El versículo tres dice: aún el gorrión halla casa y la golondrina nido para sí, donde ponga sus polluelos, cerca de tus altares o Jehová De Los Ejércitos, Rey mío y Dios mío. Los hijos de Coré extrañaban tanto estar en la casa de Dios que hasta sienten celos de los pajaritos, porque éstos sí podían estar anidando cerca del templo y ellos estaban lejos, en el exilio. Hace unos días, quizá un par de meses, Pastor Marvin llegó a abrir el Santuario en Xela y encontró un nido de pajaritos dentro del templo; y escribió esta parte de este Salmo. En cierta manera nos dio celos el hecho de pensar que en la casa del Señor estaban estos pajarillos y nosotros no podemos ir.
Para nosotros, hay esperanza. ¡Vamos a regresar al templo! Pero mientras ese momento llega, podemos recordar los tiempos preciosos que hemos vivido en cada uno de los templos. Hemos reído, hemos llorado; hemos recibido abrazos y besos, saludos y muestras de cariño; nuestros niños han aprendido las verdades bíblicas, nuestros jóvenes han crecido en su fe, los matrimonios han sido restaurados, las familias se han consolidado; hemos hecho amigos hemos tenido fiesta en familia, fiesta en comunidad. Hemos sido fortalecidos y animados.
Los hijos de Coré también recordaban; y seguramente cuando escribían este salmo estaban haciendo memoria. Recordaban el olor del templo, las risas de la gente, la liturgia, y el hambre que sentían de buscar a Dios. Eso les traía a ellos un peso de desesperación. Por eso ellos escriben en el salmo: “Bienaventurados los que habitan en tu casa.” Es decir, felices son los que están en tu casa felices los que se pueden reunir.
Entiendo bien que ahora no es el tiempo de reunirnos aún, pero yo le traigo ánimo y esperanza con este Salmo. Porque vendrá el tiempo nuevamente en que estemos juntos. Llegará el momento en que el que estaremos otra vez reunidos. Dios nos dará la oportunidad, y otra vez podremos levantar el nombre del Señor en unidad. Y cuando ese momento llegue, veremos el templo con otros ojos y desde otro contexto, porque nos ha hecho falta reunirnos.
Quizás antes llegábamos a las reuniones arrastrando los pies, o con desánimo. Quizás llegábamos obligados o impuestos; pero cuando abran los templos nuevamente, iremos cantando y gozosos. Así como lo escriben en el salmo: “bienaventurado el hombre que tiene en ti sus fuerzas, en cuyo corazón están tus caminos.” ¡Qué alegría para los que reciben su fuerza del Señor, los que se proponen caminar hasta el templo! Cuando anden por el Valle del Llanto, se convertirá en un lugar de manantiales refrescantes; las lluvias de otoño lo cubrirán de bendiciones.
Estoy seguro de que los hijos de Coré recordaban cuando el pueblo de Israel venía al templo cargados; con tristeza, con necesidad y con lágrimas en sus ojos. En ese contexto, presentaban sus sacrificios de gratitud o sus ofrendas de acuerdo a su condición. Llegaban cargados pero presentaban ante Dios sus cargas; y Dios derramaba su gracia y su favor, y ese sacrificio era aceptado. Todos los que llegaban al templo salían contentos, salían alegres y animados, porque habían dejado en el altar su carga, habían dejado en el altar aquella situación que los aquejaba. Estaban seguros de que Dios los había escuchado y respondería.
Puedo pensar e imaginar cuando los hijos de Coré miraban a las personas entrar tristes en el templo, pero salir alegres. Así también puedo recordar cuando muchos de nosotros veníamos al templo, y veníamos tristes y desconsolados, pero aquí el Señor nos fortalecía; aquí el Señor nos transformaba. Y aunque al salir, el problema seguía intacto, nuestro ánimo y nuestra fortaleza salía distinta de este lugar, porque entendíamos que Dios estaba con nosotros y nos había escuchado.
¿¡Cómo no extrañar la casa de Dios!? Es un punto de referencia que nos levanta y que nos sostiene, ánimo iglesia, pronto nos volveremos a reunir, porque el Dios de la casa está con nosotros, el Dios que habita en este santuario físico también habita en su corazón y estamos esperando el tiempo en el que Dios nos lo permitirá hacer.
El anhelo de los hijos de Coré estando en el exilio era dar esperanza y consuelo al pueblo que anhelaba el templo, no tanto el lugar físico sino lo que ese lugar representaba. Así también, nuestro anhelo es traer consuelo y esperanza a aquel que lo necesita. No podemos hacer a un lado la bendición que significa reunirnos y tenemos esperanza en que Dios está con nosotros; fortaleciéndonos día con día.
Aunque nos duele no estar reunidos ahora mismo; aunque las sillas están vacías y el corazón se duele; aunque extrañamos a nuestros amigos y hermanos en la fe; aunque extrañamos el servicio que le dábamos a Dios en este lugar; aunque extrañamos el ánimo que nos daba la iglesia, tenemos esperanza y buenas noticias: ¡Dios está con nosotros y bendice a aquel que pone sus fuerzas en Él!
En el versículo 10 de este salmo 84, dice: “Porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos. Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad.” Hay un asunto importante, cuando dice es mejor estar en tus atrios tienen que ver con gratitud. Muchos de nosotros al llegar al templo traíamos gratitud, por eso levantábamos nuestras manos e incluso llorábamos, porque es mejor estar en sus sitios que en lugares de maldad. Permítame decirlo de otra manera, es mejor estar en su casa que en la universidad; es mejor estar en su casa, que en el trabajo. Por supuesto, el trabajo es importante y la universidad es importante; pero si usted me pone elegir, yo prefiero estar en el templo para adorar a Dios. Allí soy fortalecido y animado.
Espero darme a entender, no estoy llamando a haraganería o a la ignorancia; estoy hablando de prioridades. El salmista lo que dice es que es preferible ser el portero del templo de Dios, que estar con esta gente que nos llevó cautivos. Yo sé que usted y yo podríamos decir fácilmente: “preferiría estar en el parqueo del templo de mi Dios, que en el hospital, o en el trabajo, o en otro lugar.” Le cuento, yo estoy haciendo un planes para cuando nos volvamos a reunir, tengo ropa y zapatos listos para estrenarlos el día en que volvamos a reunirnos. Repito, no necesitamos un lugar físico en el sentido estricto; pero, cuán bueno delicioso es habitar los hermanos juntos en armonía.
El Salmo 84:11 continúa diciendo: “Porque sol y escudo es Jehová Dios; Gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad.” Definitivamente estamos en momentos de incertidumbre; definitivamente estamos en momentos difíciles no vamos a engañarnos. Estamos en momentos complicados, pero la semana pasada, aprendimos a través del salmo 91 que pueden caer a nuestro lado mil y diez mil a nuestra diestra, más a nosotros no llegarán.
Es cierto, estamos en lugares difíciles, en momentos complicados, pero hay un salmo de esperanza. Y lo más importante, es que “si no podemos ir a la casa de Dios, siempre podemos ir al Dios de la casa.”Esto toca mi corazón y me da ánimo, porque si hoy no podemos ir a la casa de Dios siempre y en todo momento podemos ir al Dios de la casa. No pierda esta oportunidad, Dios está disponible. Así como los hijos de Coré anhelaban lo que significaba la casa de Dios para ellos que era la presencia de Dios, la paz de Dios, la provisión de Dios, la restauración de Dios; así nosotros debemos anhelarlo. ¡Ánimo! Dios está con nosotros. Usted no puede venir al templo, a la casa hoy, pero puede ir al Dios de la casa.
Para concluir, vea lo que dice
Salmo 146 versículo 5-6, NVI: “Dichoso aquel cuya ayuda es el Dios de Jacob, cuya esperanza está en el Señor su Dios, creador del cielo y de la tierra, del mar y de todo cuanto hay en ellos, y que siempre mantiene la verdad.”
Salmo 33:18-19 dice: “Vana esperanza de victoria es el caballo; a pesar de su mucha fuerza no puede salvar. Pero el Señor cuida de los que le temen, de los que esperan en su gran amor; él los libra de la muerte, y en épocas de hambre los mantiene con vida.”
El salmo 39:7 NVI: “Y ahora, Señor, ¿qué esperanza me queda? ¡Mi esperanza he puesto en ti!” Qué bueno será que usted y yo podamos ir al Dios de la casa, mientras Dios nos permite ir a su casa para celebrarle a Él. Búsquelo a él y ponga su esperanza en el Dios de la casa.
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